Conducta depresiva: cómo combatirla

Una vez se llega a la conducta depresiva permanecemos en ella por apatía, desgana, desilusión y falta de sentido en nuestra vida. Sin motivación no actuamos

La conducta depresiva en nuestras vidas

El ser humano necesita ‘motivos’ para actuar, deseos, ilusiones, objetivos que den sentido a su vida. A la conducta depresiva se llega, y una vez llegados, permanecemos en ella por una apatía, una desgana, una desilusión y falta de sentido en nuestras vidas, nos parece absurda. Sin motivación no estamos predispuestos a actuar, y más bien la tendencia es a abandonarse en esperar sentir una motivación positiva, que se transforma en desesperación en la medida de que nos cansamos de esperar.

Las ilusiones, estando bien parecen existir espontáneamente. Pero lo cierto es que la motivación no es constante, no es seguro que esté ahí siempre, hay momentos de vacío y desgana provocados por que las etapas acaban, los deseos se realizan, y porque abundan los tropiezos y fracasos.

Desgana, desmotivación

Mantener los objetivos, las ilusiones si ya las tenemos, para que no languidezcan por cansancio, olvido, dispersión, tentaciones, etc. Es decir; la madurez de una persona adulta, de su capacidad para perseverar ante las dificultades, la firmeza de no caer en el derrotismo antes de tiempo, el ser capaces de reanimarnos, darnos nuevo aliento evocando las razones y las cosas que daban sentido a nuestros planes, re-vitalizar, limpiar las motivaciones que se han diluido o se han olvidado en el trajín del día a día (auto- motivarse para combatir el cansancio, el olvido, las dudas y la tardanza irritante que producen los obstáculos y pegas que van surgiendo).

La conducta depresiva se agarra muchas veces al “no tengo fuerzas para seguir”: esa falta de energía no es otra cosa que una motivación negativa: constantemente nos comportamos como lo haría un enemigo que nos quisiera desanimar: “¿porqué no lo dejas?”, “¿y no sería mejor renunciar a todo y descansar?”, “seguramente todo irá a peor y los esfuerzos serán inútiles”. La persona hábil bajo el punto de vista de saberse auto-motivar, se plantea más bien la estrategia constructiva: “salgamos los demás adelante, y a cambio de esa colaboración podremos consolarnos mejor de la desgracia e incluso estaremos en mejor disposición de buscar alternativas y compensar lo que fue mal”.

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 La importancia de la educación

La educación del carácter durante la infancia es muy importante para resultar buenos auto-motivadores. Si los educadores nos han transmitido  confianza en nosotros mismos, nos han inculcado valor para resistir las dificultades,  nos han enseñado a tolerar las frustraciones y las demoras en la realización  de los deseos, a ser tolerantes y prácticos con lo errores, a controlar el malhumor y la ira, y han estimulado en nosotros una buena imaginación y capacidad de invención, entonces seremos perfectamente hábiles para resistir e imponerlos ante las desgracias. Si por el contrario nuestros educadores reprimían nuestras iniciativas, nos ridiculizaban en exceso, nos mimaban o facilitaban las cosas impidiendo el desarrollo de nuestra fortaleza, si nos hacían demasiado dependientes con el pretexto de protegernos, nos aterrorizaban demasiado o nos volvían excesivamente auto-exigentes, puede ser que estemos peor preparados para el arte de saber re- vitalizarnos, re-motivarnos positivamente (porque criticarnos y castigarnos por ello no sería precisamente un buen ejemplo de motivación positiva) cuando el cansancio y la flaqueza aparecen.

Cómo motivarse de nuevo

Buscar nuevas motivaciones cuando ya se han acabado las anteriores, requiere un comportamiento de exploración, de búsqueda, de correr el riesgo de probar cosas nuevas.

  • La búsqueda de nuevas objetivos, la habilidad de edificar nuevas vidas sobre las cenizas de las anteriores marca la diferencia entre la persona que se hunde ante el fracaso, la muerte o la enfermedad, y la que remonta la conducta depresiva.
  • La conducta de búsqueda, de exploración, requiere desde luego cierta capacidad de aventura. Este salir de lo conocido da mucho miedo, sobre todo si a lo largo de nuestra vida hemos procurado ir sobre seguro, por senderos convencionales, procurando no llamar la atención, temiendo demasiado la reprobación, buscando constantemente la aprobación de los demás.
  • Estas actitudes, aunque durante mucho tiempo nos han dado seguridad, tal vez nos preparan peor ante los cambios. El miedo al cambio, a la novedad es, por consiguiente, un gran obstáculo para encontrar nuevas motivaciones. También es muy común encontrar gran dificultad  a la hora de tener otros roles que implican las situaciones nuevas (hacer de ‘soltera’ una persona que ha llevado muchos años de casada, hacer de alumno alguien que hace mucho tiempo que no ocupa esa posición, empezar un nuevo trabajo con la humildad del novato, buscar nuevas relaciones sociales como un recién llegado, nuevas actividades o aficiones en las que uno empieza de cero, etc.)
  • La flexibilidad de la personalidad nos ayuda a ‘ser de diversas maneras’. Intelectualmente también se requiere de nosotros el arte ‘activo’ de buscar nuevas ilusiones, consistente en podernos imaginar acontecimientos agradables, historias posibles, nuevos caminos, nuevos parajes y por ello mismo tener ante los ojos una promesa de goce. Las personas que desarrollan esta facultad dirigen su mente hacia preguntas como ¿qué podría hacer? ¿y de qué manera podría realizarse mejor? ¿y de qué forma tendría éxito?. Por así decirlo, se ganan a pulso, con el fruto de su esfuerzo mental el tesoro de una buena idea, magia que nunca se hubiera producido cayendo en la pasividad, la queja, el lamento y la protesta airada.
  • La búsqueda activa de ideas y propósitos es como la torpeza para hablar o la timidez; se vencen practicando, en vez de sufriendo vergüenza y retirándonos a nuestra cueva interior, así las motivaciones nuevas vienen, se quedan y se hacen ‘auténticas’ en vez de forzadas con el empeño terco de intentar vivirlas lo mejor posible. El volcarse, sumergirse en el mundo externo, en actividades que al principio se nos aparezcan como formas inseguras y riesgosas de actuar, es la actividad que nos saca el ensimismamiento empobrecedor que nos ofrece la conducta depresiva.

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